Llovía desde hacía semanas. Llovía, ya ni recuerdo el día que empezó a llover. Llovía y las calles se habían convertido en barrizales imposibles de cruzar sin marcharse. Llovía y había calles que parecían no estar asfaltadas. Llovía e intentaba no caer en la trampa abierta sobre la acera a cada paso. Llovía y no quería dejarme llevar por la pena. Intentaba no pensar en nada. Intentaba convencerme de que dejaría de llover en breve. Llovía en mis ojos, en mis manos, en mi espalda, sobre el colchón de la casa, sobre el alma. Llovía y todo parecía lento, como cansado. La gente sin nada con lo que protegerse iban deprisa de portal en portal, debajo de los balcones de las casa intentando resguardarse de la lluvia. Iban a prisa, pero en realidad iban lento o a mi me lo parecía. La gente con paraguas caminaban lento con la mirada clavada en el suelo. Llovía y hacía viento. Las gotas que no llegaban al suelo se estrellaban en mi cara.
Llovía desde hacía meses. A veces había llovido barro, otras veces piedras. Llovieron ranas, llovieron tormentas. Llovía azufre, acido. Llovía sobre mojado. Llovieron papeles y recuerdos. Pero siempre había llovido. Seguía lloviendo y lo hacia cada vez más fuerte, más violento. Llovía y las ruedas de los coches dibujaban senderos, derrapaban, salpicaban barro hacia los lados de la carretera. Llovía y yo miraba muy bien donde pisaba, intentando no resbalar. Las tardes de octubre eran siempre iguales, eran siempre frías y lluviosas. Llovía y no se veía el cielo, ni los árboles, ni las caras de la gente. Llovía y no se veía la ciudad. El agua lo había inundado todo, los sueños, las casas, los prostíbulos, las habitaciones de hotel, las oficinas, las estaciones de metro. Llovía tanto que hacia meses que no funcionaban los aeropuertos, que no circulaba ningún vehiculo en las carreteras. Llovía tanto que no se podía navegar en barco. Llovía tanto que no funcionaban las conexiones de Internet, ni los teléfonos y por supuesto tampoco la electricidad que consecuencia de un cortocircuito en la central había dejado de funcionar hacía días. Llovía y el agua había desbordado todos los canales, el alcantarillado, la orilla del mar. Llovía y aparentemente la vida seguía como si nada, pero todo era diferente. Las mujeres iban a comprar el pan a panaderías cerradas a cal y canto, los trabajadores hacían cola en la parada de un autobús que nunca pasaba y hasta yo seguía escribiendo mis cosas antes de irme a dormir sin luz. Llovía y giré la esquina del pasillo que me conduce al salón. Llovía tanto, que nuevas goteras empezaron a abrirse en el techo de mi casa. Llovía tanto que no me quedaban barreños, ni cazos, ni ollas que aprovechar.
Llovía y todos los carteles que anuncian conciertos se destiñeron en las paredes. Llovía y ya ni me sorprendía. Llovía y me había acostumbrado. Llovía y no echaba de menos el calor del sol. Llovía y me sobraban las razones para odiarte todavía. Llovía y me di la vuelta muy lentamente en el recibidor. Llovía y me tropecé contigo, te di la bienvenida. Llovía y tenía más motivos para seguir hacía delante que para pararme e invitarte a entrar en mi casa, improvisado campo de refugiados. Llovía, cerré los ojos, me alejé de aquí. Llovía y trataste de explicarme que te siguiera esperando. Llovía y sé que ahora soy más fuerte porque mis labios no tenían ganas de besarte. Llovía y lo sorprendente es que hacía daño.
Llovía y ya hacía más de un año que lo hacía día tras día, sin descanso, sin tregua. Aunque cada vez lo hacía de forma más suave. Llovía pero ahora el ritmo de la lluvia te permitía salir a la calle sin paraguas, ni chubasquero. Perfectamente ahora podías salir y pasear mientras la lluvia mojaba tu cara. ¿Pueden creerse que odiaba mojarme la cara con agua de lluvia hasta ese momento?. En realidad creo que todos lo odiamos, fíjense que sin darnos cuenta agachamos la cabeza cuando llueve. Nunca más volveré a repetir ese acto, nunca más volveré a agachar la cabeza ¿hay algo más bello que caminar por la calle mientras la lluvia te moja la cara?.
Llovía, y en las noticias un experto mundial en lluvias había presentado la resolución de un informe encargado por las principales potencias mundiales. El informe decía: que todo lo que empieza acaba alguna vez, más antes que después. Llovía y empezaron a organizarse plataformas. Llovía y cada día había una nueva manifestación. Todas organizadas por jóvenes a través de la única manera que podían hacerlo tiñendo el agua de las calles de color rojo. Esa era la señal. Aquellos jóvenes reclamaban a los gobiernos que no hicieran nada por detener la lluvia. Los antidisturbios tenían ordenes estrictas de tirar a matar, de no ser compasivos con aquellos que gritaban desautorizando la opinión de los que mandan.
Mientras que para occidente y los países que habían sido hasta ese momento los más ricos del planeta que llevase lloviendo más de cincuenta años era un grabe problema. Imaginen: cosechas anegadas, la producción de casi todo se había parado hacia años, no quedaban alimentos en los mercados, las fabricas cerradas a consecuencia de que los trabajadores no pudiesen desplazarse de ninguna forma posible, los insectos habían muerto, no quedaban pájaros en el cielo, las ratas muertas se hacinaban en las calles favoreciendo la propagación de virus, etc... Para los países desertizados y principalmente los más secos de la tierra que llevase lloviendo todo aquel tiempo suponían haber equilibrado la balanza de lo natural. Sus tierras agrietadas y secas habían chupado el agua, agradeciendo cada gota, hasta saboreándola. Ahora sus tierras eran fértiles y productivas. A pesar de la lluvia habían conseguido ingeniar un sistema de paraguas gigantes, que podían abrir y cerrar según la ocasión y así seguir nutriendo la tierra de una forma ordenada. Era la primera vez en la historia, que a un tipo pobre de una aldea de no sé donde, patentaba una idea que podía además salvar al mundo. El presidente de los Estados Unidos no tardó ni una sola semana en autorizar la ocupación del desierto por el ejército en busca de aquel terrorista. Y el G8 se había comprometido a no tener ningún tipo de compasión contra aquel revolucionario capaz de desafiar al resto del planeta. Escuché que le acusan de genocidio contra la humanidad. Y todo, por compartir su idea con su país abandonado cuando era pobre y seco, y valorado ahora que se convertía para asombro de la humanidad en la principal potencia del mundo. Pobre presidente de los Estados Unidos si piensa encontrar a un hombre capaz de inventar algo que no se nos a ocurrido a nadie en el resto del planeta... digo yo que será capaz de esconderse bien.
Continuaba lloviendo. Llovía desde hacía siglos. Llovía y me di cuenta que tenia la ropa empapada y los huesos calados de tanto tiempo soportando aquel tejido húmedo sobre la piel. Me desperté empapado en sudor, me incorporé y abrí la cortina, miré a través de ella. Me di cuenta que jamás había llovido. Bajé al kiosco y compré un periódico. La portada anunciaba una catástrofe: Sequía Mundial.