Empecé este cuento justo después de regresar de mis vacaciones por Granada con mi recién estrenado monedero CYAN.
Y hoy he decidido publicarlo.
>>
A Topo y a Eva.
>>
Aquel dolor de cabeza le acompañaba desde la noche anterior. Los analgésicos no le habían aliviado, había pasado todo el día durmiendo, mareada. El sudor por su estado, se confundía con los cerca de treinta y siete grados. El cielo de Barcelona estaba rojo casi negro. Hubiera dado cualquier cosa por quedarse en casa tumbada mirando al techo o viendo uno de esos programas que su madre nunca se perdía, pero su exigencia le impulsó a llegar a rastras, retorcida a su esquina. Nunca había detestado su trabajo, en su esquina respiraba, se sentía a gusto y reconfortada, era su territorio.
Pasaron horas, Xenia, Virgi y Madonna, habían conseguido un par de clientes. Ella llevaba en aquella posición bastante tiempo, notaba la pierna dormida y el tacón en contacto con la pared le producía una sensación de vértigo, que no entendía.
De repente, apareció él. Algo tímido y descuidado. Con cara de sorprendido y romántico. Me contaron que rondaba los veinticuatro, que estaba en plena carrera.
Se fueron a un hotel y acabaron en una pensión donde la habitación olía a viejo. Se quitaron la ropa sin mucha dilación, espalda contra espalda. Actuaban de forma meticulosa y precisa, sabiendo muy bien a lo que habían ido a hacer allí. Acabaron hora y media después. Sus miradas cómplices delataban algo que no estaba planeado en un inicio. No acabaron con un “te quiero”, pero no hacía falta tampoco sellar la velada con una muestra clara de que hoy mientras lo que dura un “polvo”, ella se había unido a él de otra forma.
Agarró su bolso cyan y salió a prisa de aquella destartalada habitación de hotel, zanjó la noche con el ruido de un portazo. El vis a vis, sólo duró lo que dura un cigarrillo abandonado en un cenicero. Pero había entregado toda una vida. Sabía que compañeras suyas se ponían absurdas normas, como estar con cada cliente nunca menos de tres cuartos de hora. Aquello no permitía una sensación de complicidad entre ambos, y al a veces apuesto cliente le hacía estar menos tenso en aquella delicada situación. Pero ella no lo soportaba, después de trece años de profesión la sensación de unas manos por su piel, le parecía asqueroso. Pero aquella noche nada de esto le importó. Nunca le habían besado en horario de servicio, era terrible el tan solo detalle de pensar que entre caricias podía escaparse alguna muestra de ternura. Pero aquella noche se saltó todas las normas. Era terrible el tan solo detalle de enamorarse. No podía enamorarse, pero aquellos abrazos, aquellos besos por su piel, aquella forma de practicar sexo, aquellas sensaciones las iba a recordar por siempre. Por siempre recordaría aquella carita de niño. Lo maldecía, no lograba atinar con la respuesta de ¿Por qué lo hizo?, ¿Por qué fue a buscarla?. Deseaba subir de nuevo a la habitación del quinto piso, pero se esforzó con todas sus fuerzas en reprimir aquel impulso. Jamás volvería a verlo. Jamás volverían a coincidir.
Él murió aquella misma noche en aquella habitación, el periódico señalaba que en la escena del crimen encontraron una nota escrita a mano con el nombre de una señora. De camino a casa dos madrugadas posteriores ella leía su nombre en la página de sucesos.
Pasaron horas, Xenia, Virgi y Madonna, habían conseguido un par de clientes. Ella llevaba en aquella posición bastante tiempo, notaba la pierna dormida y el tacón en contacto con la pared le producía una sensación de vértigo, que no entendía.
De repente, apareció él. Algo tímido y descuidado. Con cara de sorprendido y romántico. Me contaron que rondaba los veinticuatro, que estaba en plena carrera.
Se fueron a un hotel y acabaron en una pensión donde la habitación olía a viejo. Se quitaron la ropa sin mucha dilación, espalda contra espalda. Actuaban de forma meticulosa y precisa, sabiendo muy bien a lo que habían ido a hacer allí. Acabaron hora y media después. Sus miradas cómplices delataban algo que no estaba planeado en un inicio. No acabaron con un “te quiero”, pero no hacía falta tampoco sellar la velada con una muestra clara de que hoy mientras lo que dura un “polvo”, ella se había unido a él de otra forma.
Agarró su bolso cyan y salió a prisa de aquella destartalada habitación de hotel, zanjó la noche con el ruido de un portazo. El vis a vis, sólo duró lo que dura un cigarrillo abandonado en un cenicero. Pero había entregado toda una vida. Sabía que compañeras suyas se ponían absurdas normas, como estar con cada cliente nunca menos de tres cuartos de hora. Aquello no permitía una sensación de complicidad entre ambos, y al a veces apuesto cliente le hacía estar menos tenso en aquella delicada situación. Pero ella no lo soportaba, después de trece años de profesión la sensación de unas manos por su piel, le parecía asqueroso. Pero aquella noche nada de esto le importó. Nunca le habían besado en horario de servicio, era terrible el tan solo detalle de pensar que entre caricias podía escaparse alguna muestra de ternura. Pero aquella noche se saltó todas las normas. Era terrible el tan solo detalle de enamorarse. No podía enamorarse, pero aquellos abrazos, aquellos besos por su piel, aquella forma de practicar sexo, aquellas sensaciones las iba a recordar por siempre. Por siempre recordaría aquella carita de niño. Lo maldecía, no lograba atinar con la respuesta de ¿Por qué lo hizo?, ¿Por qué fue a buscarla?. Deseaba subir de nuevo a la habitación del quinto piso, pero se esforzó con todas sus fuerzas en reprimir aquel impulso. Jamás volvería a verlo. Jamás volverían a coincidir.
Él murió aquella misma noche en aquella habitación, el periódico señalaba que en la escena del crimen encontraron una nota escrita a mano con el nombre de una señora. De camino a casa dos madrugadas posteriores ella leía su nombre en la página de sucesos.
















